Volví a beber y me tumbé cuan largo soy en el fondo de mi barco. Permanecí así quizá una hora, quizá dos, sin dormir, con los ojos abiertos, con pesadillas a mi alrededor. No me atrevía a levantarme y, sin embargo, lo deseaba vivamente; minuto a minuto lo retrasaba. Me decía a mí mismo "¡Vamos, en pie!", y me daba miedo hacer un solo movimiento. Al final me levanté con infinitas precauciones como si mi vida dependiera del menor ruido que pudiera hacer, y miré por encima de la cubierta. Quedé deslumbrado por el espectáculo más maravilloso, más sorprendente que se pueda ver. Era una de esas visiones contadas por los viajeros que vuelven de muy lejos y a quienes escuchamos sin creerles.
La niebla que dos horas antes flotaba sobre el agua se había retirado poco a poco y acurrucado en las orillas. Y, al dejar el río completamente libre, había formado sobre cada orilla una colina ininterrumpida, de una altura de seis o siete metros, que brillaba bajo la luna con el soberbio resplandor de la nieve. De este modo no se veía nada más que el río laminado de fuego entre aquellas dos montañas blancas ; y arriba, sobre mi cabeza, se extendía, llena y ancha, una gran luna alumbradora en medio de un cielo azulado y lechoso. Todos los animales del agua se habían despertado; las ranas croaban furiosamente, mientras que oía, unas veces a un lado, otras al otro, la nota corta, monótona y triste, que lanza a las estrellas la voz cobriza de los sapos. Sorprendente-mente, ya no tenía miedo; estaba en medio de un paisaje tan extraordinario que las singularidades más fuertes no hubieran podido sorprenderme.
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