Estirada en el sofá, acurrucada y tapada con la manta hasta la nariz. Viendo los copos de nieve caer por la ventana. Silencio. De repente, el sonido de la puerta hace que me mueva. Eras tú, con tu pelo despeinado, con tu cara de niño bueno, con tus ojos verdosos. Te acercaste a mi, sin pronunciar palabra. Acercaste tus labios a los míos, y me besaste.
Te sentaste a mi lado, me dijiste te quiero y apoyé mi cabeza en tu hombro.
Y ahí estábamos los dos, acurrucados y durmiendo como dos niños pequeños en un día frío de invierno.
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